Llegó a eso de la una del mediodía. Casi media hora antes de lo previsto. Si lo piensas un segundo, tiene su lógica. Es piloto de Fórmula 1. Y no venía, precisamente, de la fiesta de celebración del Mundial de Hamilton. Barba de un puñado de días, gesto taciturno, cabellos desordenados, no sabría decir si peinado estudiado o natural, ojos de haberse levantado hace cinco minutos y una sonrisa ausente que sólo afloraría más tarde, no el fotocall con los afortunados ganadores de un curso de conducción con el “meteorito asturiano” organizado por Renault, sino cuando se puso al volante de uno de los nuevos Mégane Coupé. Este chico sólo es feliz con un volante en la mano atado a cuatro ruedas. El resto le resulta tedioso. Puro hastío. No disfruta con los compromisos comerciales. Es profesional y los atiende diligente, pero no lo puede disimular. Ernesto, el fotógrafo, le pedía insistentemente una sonrisa en el fotocall, pero nada. No le sale. La mueca que intentaba esbozar no era precisamente de felicidad. Antes, posando ante un nuevo Mégane Berlina y un Laguna Coupé, el piloto no concede un gesto para la posteridad. Ernesto está preocupado, no quiere que la sesión se eternice, y trabaja a una velocidad de F1. Nada, no se le ve un sólo diente.
Alonso ya no me impresiona en persona. Si lo hizo cuando le conocí, en 2000, cuando empezaba a destacar en la Fórmula 3000. Entonces me sorprendió su cuello, una pasada, una 50 calculé a ojo. Incluso juraría que ha crecido desde entonces. Pero no ha cambiado nada. Sigue siendo tímido, nada que ver con lo que se ve cuando habla con Lobato. Ahí sabe lo que tiene que decir. Pero en el trato cuerpo a cuerpo se esconde y sabe que juega con ventaja, porque la admiración de la gente le sirve de barrera. Con su padre y con su representante, Luis García Abad, si que departe relajado sin problemas, pero le sacas de su círculo y la tristeza en su mirada y su parquedad de palabras sorprende, aunque comprendes que es una máscara, un escudo ante lo desconocido, el mundo real. No le debe gustar nada sentirse un objeto, un producto andante. Ahora pasa por aquí, ahora posa ahí, ahora habla con fulano, ahora la foto con el alcalde, ahora tienes diez minutos para comer, ahora súbete al coche… yo también, cualquiera, acabaría harto.
Sin embargo, una vez con los ganadores del concurso dentro del coche, Alonso se mostraba más locuaz. La gente de a pie le admira, es imprevisible, y seguro que también le divierte, siempre con el gas a fondo, trompo por aquí, derrape por allá, quemando ruedas a la mínima… Más de un centenar de veces bajó, por una pendiente del 11 por ciento mojada y esquivando chorros de agua a una velocidad endiablada, con control de tracción y sin él. Ahí si que se le veía sonreír. Estampó su firma como un millar de veces sobre tarjetas, cuadernos, camisetas y gorras. Quizá superaron el millar las fotos con todo el mundo. Algunos de ellos le daban regalos: una foto, un CD, una camiseta… apenas pasaban por sus manos García Abad los ponía a buen recaudo. En mi bolsillo un llavero pequeñito de Renault “para cuando te den las llaves del R29″, tenía pensado el discurso. Pero el llavero volvió conmigo a casa. No le iba a arrancar una sonrisa con algo tan básico, aunque delante del espejo, la noche antes, sonaba hasta gracioso. Mi madre seguro que me habría intentado convencer para que hablara a Alonso sobre el coleccionable de 12 capítulos que hice para Motor 16 en 2005, cuando quedó campeón del mundo por primera vez. No sabría explicarle en menos de tres horas a mi madre que no podría ser, que seguro que ni ha leído la revista en los últimos años…
Estamos en las instalaciones del RACC en Moraleja de Enmedio, con varias pistas para poder conducir en situaciones adversas, realizar el test del alce (incluso volcó a última hora un coche que no llevaba montado el ESP), o comprobar subviraje y sobreviraje. Los compañeros de Europa Press TV le tenían que hacer tres preguntas y Fernando tenía que contestar mirando a cámara. Lo sacó a la primera. Y no creo que se lo trajera estudiado de casa. Sencillamente es un profesional como la copa de un pino. Sabe que tiene que alabar al nuevo Mégane, preocuparse por la crisis y ‘confesar’ que ha renovado con Renault porque se siente como en casa. Es un crack. Sobre todo dentro de la pista, claro. Al final de la jornada llega un coche de Televisión Española. Una campaña de Unicef. Con un frío que pela, el asturiano sonríe de oreja a oreja. Se equivoca y pide entre carcajadas el texto con lo que tiene que decir. Un folio entero. Profesional… y atento.
A todas horas rodeado de su padre (sorprendente verlo en estos saraos), y su inseparable Luis García Abad, Fernando atiende al personal de Comunicación Interna de Renault, que también aprovecha para fotografiarse junto al campeón… no se puede dejar escapar una oportunidad así. Incluso el fotógrafo me deja dos millones de pesetas en mis manos para que le retrate junto al ovetense. Por supuesto: Ernesto es un crack de cracks, y seguro que compartimos salidas un fin de semana de estos, él en su BMW GS1200 y yo en mi Suzuki V-Strom 650.
Aprovecho el viaje con el bicampeón del mundo para deslizarle unas cuantas preguntas. Fernando no es tonto y sabe que soy periodista. No va relajado del todo. ¿Qué te parece el coche? “Está bien”, dice sin mucha convicción… (a dos clientes posteriormente les dijo que no le entusiasmaba en cuanto a estética, con la mayor sinceridad del mundo, máxime cuando hablas de un producto de la casa que le paga). ¿Cuándo empiezas las vacaciones?, le pongo la muleta delante. “Mañana”, confiesa regalando media sonrisilla. ¿Hasta cuándo?, le lanzo la pregunta obligada. “Hasta el 12 de diciembre”. ¿Has visto ya el nuevo R29? “No”. Más escueto, imposible. Todo esto sucede mientras en una recta de 150 metros el tipo flirtea con los cien kilómetros por hora y frena en plan rally. “Cuidado ahí atrás”, avisa un momento antes de coger los peraltes como si estuviera en un F1 y girar con brusquedad un microsegundo las ruedas hacia la derecha para dar un volantazo instantáneo hacia la izquierda y hacer derrapar el coche para dejarlo encarado para la siguiente recta. Menos mal que llevaba puesto el cinturón de seguridad del asiento trasero derecho, porque aún así, casi beso el lado contrario del coche de la brutalidad del cambio de dirección. “Eres el mejor”, le dice Ernesto, después de retratar al campeón en plena acción desde el asiento del copiloto e intentar bajar a menos de 150 las pulsaciones. “A por el tercero”, le digo mientras nos estrechamos la mano. “A por él”, me contesta con la otra media sonrisa que me debía.

7 comentarios ↓
Jolín que envidiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!
Gracias por contarnos lo que no se ve!
Puxa Alonso, Puxa Asturies!!!!!!!!!!
ja ja ja!! Oscar eres mu’ fuerte!!
POr cierto, muchísimas gracias por tus felicitaciones!! siento que no contesté, pero ya sabes, mi agenda, je je..
Prometo acordarme del tuyo, creo…
One kiss
Aquí Ernesto el fotógrafo, que bueno el relato, que verídico y que bien contado! Doy fe de todo.
Gracias por eso del “crack”, por supuesto cada uno cuenta las cosas como puede o como mejor sabe, mas que un “crack” soy un “click”, ja ja..!
Queda pendiente esa salidita motera…
Un abrazo
Gracias compañero, por tus palabras. Un placer siempre trabajar contigo. Muy bueno lo del “click”, me la apunto. Ja, ja, ja, ja.
Hasta pronto. Ráfagas.
Perdonen mi desconocimiento del medio, pero, ¿quién es el que sale al lado de Óscar González Soria, ese fantástico periodista deportivo y mejor persona, en la foto que abre el artículo?
Enhorabuena Ósquitar por el artículo!!!!!!!!!!!!! Muy bueno…………..
a mi sigue sin caerme bien este chico, y la verdad, que se considere a esto un deporte…… bastante discutible
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